15 de febrero, el bombardeo

Monte Cassino

El monasterio tras el bombardeo aliado de febrero de 1944

En enero de 1944, el avance de los aliados en Italia había sido detenido por la línea Gustav, que dividía la península italiana de este a oeste a medio camino entre Nápoles y Roma. Las escarpadas montañas de los Apeninos, el clima invernal y una orografía propicia, jalonada de trincheras y bunkers, permitió a los alemanes, bajo el mando del general Albert Kesselring, resistir con éxito durante meses los ataques de las fuerzas aliadas, muy superiores en efectivos. En el oeste de la línea, a unos 100 kilómetros al sur de Roma, se encontraba la ciudad de Cassino y, sobre una colina cercana, la célebre abadía de Montecassino, establecida por san Benito, fundador de la orden Benedictina. El enclave era decisivo para la conquista de la capital italiana.
A principios de enero de 1944, las fuerzas inglesas de Montgomery se apoderaron de la ciudad de Ortona y amenazaban Pescara en la costa adriática. En el extremo occidental del frente, bajo el mando del general estadounidense Mark Clark las fuerzas americanas y las francesas de Alphonse Juin intentaron conquistar la ciudad de Cassino, pero el objetivo resultó ser más duro de lo previsto.
Poco después de la fallidos primeros ataques, el 22 de enero, los aliados desembarcaron en Anzio, en la retaguardia de la línea Gustav, con la intención de cortar las vías alemanas entre Cassino y Roma y avanzar hacia la capital. El desembarco cogió por sorpresa a los alemanes, pero contraatacaron y redujeron la cabeza de puente a una pequeña superficie poco más allá de las playas.
Ante los infructuosos ataques de la artillería y las fuerzas terrestres sobre Cassino y su abadía, el mando aliado –siguiendo las teorías de los estrategas militares que creían que un empleo masivo de la aviación quebrantaba la capacidad de resistencia del enemigo- decidió bombardear el objetivo. El 15 de febrero, más de cien aviones B-17 americanos llevaron a cabo un intenso ataque aéreo que también alcanzó al monasterio. Se ha discutido mucho si los aliados conocían que los alemanes no ocupaban ni utilizaban para fines militares la abadía –sí tenían trincheras en la colina-, pero lo cierto es que la aviación y la artillería aliadas se ensañaron con el monasterio aun después de ver que no respondían al fuego.
La destrucción del recinto benedictino facilitó la resistencia alemana; la I división de paracaidistas aprovechó los escombros y las ruinas para construir excelentes defensas. De esta manera pudieron detener, sin recurrir al empleo de refuerzos, el progreso de los aliados durante tres meses más.